POEMAS
Cristy Battistel Roggio

| POEMAS Cristy Battistel Roggio
Caminar Caminar y verte en las ventanas asomar tu perfil idolatrado. Recorrer distancias increíbles y encontrar tus huellas indelebles en cada camino desolado. Mirar al cielo que se queja, y mojarse el alma con su llanto. Ribetear tu silueta con mis dedos en la foto olvidada en el desván. Imaginar el vuelo de mis sueños hasta el sitio mismo de tu estancia con gravedad de aire irrespirable, con dolor de carne al rojo vivo. Olvidar por segundos impalpables que no estás, que te has ido. Creer que al abrir la cárcel de mi alcoba estarás en cuerpo y alma, sometido al profundo calor de mis entrañas. Heridas Estas huellas de tus manos en mi piel se hicieron profundas, imborrablemente presentes, por tu ausencia. La alegría que adornaba mis gestos otrora, mudó ostensible y cruelmente a estos rasgos de adustez dolorosa. Y es que tanto poder tuviste en el ánimo que tu luz tan fuerte y cegadora, tan omnipotente y amada, dejó su espacio a este vacío sórdido y oscuro. Los esquemas de mi cuerpo vivo, piden a gritos tu esencia, lastimosamente lejana e inalcanzable. Pensé tantas veces que tu adiós me mataría que me resisto a morir para esperarte. Porque nadie te entregará los sueños con el alma como lo hice yo, y deberás volver a rescatarlos para volar el vuelo eterno del amor verdadero. Caricias Caricias que guardadas en mi alma tanto tiempo, están hastiadas en busca de tu luz, prendidas a las sombras como abrojos eternos de dolor. Caricias que de tanto amontonarse se desarman, se pierden, se transforman. Caricias amargas de no ser. Por dentro me acarician de recuerdos que se vuelven hiel, sin tu piel en mí. Sin tu voz en mí. Sin vos en mí. Caricias que piden retorno al cuerpo de donde provinieron; desconocen otra sombra, otro silencio distinto a tu silencio. Después de ti se fueron hacia el mar profundo de mis ojos donde me ahogo esperándote. Ven a amarme La brisa que mueve tus cabellos, dibuja en mis ojos destellos de oro. El sol también juega nuestro juego, entibiando las caricias suaves y algodonosas en este otoño amarillento. La hamaca transporta mi cuerpo hacia el cielo porque tú la mueves, porque tú todo lo puedes. Salvaje y dócil ministro de mis alegrías, secretario de mis caprichos: alcánzame una rosa del rosal de mis amores. Vende en la feria del artesano las gráciles caricias de tus manos. Escribe en la corteza del damasco que tú y yo que yo y tú y la flecha.... Lastima los pájaros de mis sueños con cristales de lágrimas secas. Y muérete en mis brazos que quiero resucitarte mil veces con mis besos. Alcánzame esa estrella, ese abanico de rayos sin tormenta. Regálame en un segundo mil años, para amarte hasta que no se pueda. Hasta que la luna desvanezca de ternura y el sol caliente sin temor a quemarnos. Abandona los árboles verdes de la espera, las flores rojas que te retrasan y vuela hasta mí, prestidigitador de mis ilusiones antiguas, corre a amarme. Tu Voz En el silencio de la tarde moribunda es tu voz el dulce arrullo que me conmueve. Y cuando la noche deja de ser promesa y se cierra negra y silente, es tu voz la que mantiene mis ansias. Allá en el sitio de mis penas, en las solas distancias que me separan de la felicidad, es tu voz presente en la lejanía la que me aviva. Cuando vierten los sauces su verdor en el río y los sapos croan de ternura, es tu voz taciturna y masculina la que transporta mis sueños al abismo de la dicha. Y es entonces cuando las luces titilantes de tu corazón de horizonte me anuncian que tu voz estará más cerca que nunca, cual bálsamo curador de heridas de amor, arropando con sus notas las ausencias de mi alma hecha jirones. |
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